ENCUENTRO 4:
CARA A CARA CON jesus DE NAZARET
Objetivos Generales: Compartir la
experiencia de habernos encontrado con jesus y profundizar sobre la identidad
de Cristo Vivo. Reconocer el rostro de
jesus que se revela en el rostro de mis hermanos.
Herramienta
del animador:
Tengamos en cuenta, para preparar este encuentro las
palabras de nuestro Santo Padre Juan Pablo II:
"... los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre
conscientemente, les piden a los creyentes de hoy no sólo que
"hablen" de Cristo, sino en cierto modo, que se lo hagan
"ver". ¿Y no es quizás un cometido de la Iglesia reflejar la luz de
Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer su rostro también ante
las generaciones del nuevo milenio?
Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si
no fuésemos los primeros contempladores
de su rostro" (NMI 16-17)
Recursos y Materiales: Fotos[1]
de los miembros de la comunidad juvenil de cuando eran chicos (entre tres y
cinco años de edad)
Apuntamos la proa a: Reconocer
nuestro rostro como una nota de nuestra identidad.
Actividad:
1. El
animador recoge las fotos antes de
comenzar la reunión.
2. Se
disponen las fotos sobre una mesa del lado del reverso, cada miembro elige una
sin mostrarla al resto. La consigna es
poder descubrir quién es quién en la foto, sin hablar.
3. Cuando
todos cumplieron la consigna cada uno muestra la foto que le tocó y dice a
quién cree que le pertenece, explicando qué detalles lo ayudaron a descubrirlo.
4. El
animador inicia un diálogo a partir de estas preguntas:
¿Por qué a veces llevamos fotos en la
billetera? ¿Si las fotos son de hace muchos años, por qué la gente descubre que
somos nosotros? ¿Por qué nuestro DNI[2]
tiene una foto de nuestro rostro?
Herramientas del Animador:
La clave de esta actividad es centrarnos en el rostro como
aquello que nos identifica, y permite que los otros nos reconozcan. Cada
rostro, único e irrepetible, es una imagen que nos revela algo sobre la identidad
de una persona. Podríamos pensar en las personas ciegas, las cuales muchas
veces recorren con sus manos los rostros de los demás como forma de
reconocerlos.
Apuntamos la proa a: reconocer
cómo distintas personas se han
encontrado con “el rostro de jesus” y cómo cada uno lo reconoce de una manera
personal y diversa.
Recursos y materiales: Imágenes de
distintos rostros de jesus (una imagen por grupo de trabajo) recortadas en
rompecabezas, tantas piezas como participantes. (Baúl Nº1)
Papelitos con las preguntas escritas.
a)Actividad
Grupal
1. Se
distribuye una "pieza" a cada joven. Una vez que todos tienen la
suya, se los invita a buscar las otras "piezas" que completan el
dibujo. De esta manera quedan formados los grupos de trabajo; en cada uno de
los grupos se debe nombrar a un “secretario” que tome nota de lo que se
dialogue.
2. El
animador entrega la consigna de trabajo por escrito:
a.
¿Qué escuchamos decir acerca de jesus a
la gente adulta, a otros jóvenes, a los niños? ¿Muestran alguna imagen de jesus
los Medios de Comunicación? ¿Cuál?
b.
¿Qué ideas sobre jesus nos transmite
este dibujo, este rostro?
3. Se
pone en común lo trabajado por cada grupo.
b)Actividad
personal:
En un segundo momento realizaremos
un trabajo para reconocer el rostro de jesus que cada uno “se imagina” a partir
de su experiencia de vida.
Recursos y Materiales: Papel blanco
y biromes.
1. La
consigna es poder describir , a partir mi experiencia
cotidiana, cómo es jesus para mí. Para
esto nos ayudamos con las preguntas guías.
Como ayuda se podría presentar un esquema de guía:
jesus tiene ojos que...(¿cómo es la mirada de jesus? ¿Qué ven sus ojos?), tiene
una boca que... (¿Qué palabras salen de la boca de jesus?), tiene oídos que....
(¿Qué escucha jesus?), tiene manos que... (¿Cómo son las manos de jesus? ¿Qué
hace con ellas?), tiene pies que... (¿hacía dónde lo
llevan los pies a jesus?), tiene un corazón que... (¿por
qué cosas late el corazón de jesus? ¿Qué lleva dentro de su corazón?), tiene ...
2. Otra
posibilidad es responder a estas mismas preguntas guías, pero en forma de
collage. Así podemos utilizar tanto imágenes, como palabras fuerza, o frases
recortadas para expresarnos.
Apuntamos la proa a: descubrir que jesus es el rostro
visible de nuestro Dios, y la fuente de nuestra esperanza.
Recursos y Materiales: Texto del Baúl Nº 2 .
Actividad:
1.
Leer en grupos
pequeños de tres o cuatro el texto de trabajo y responder:
·
¿De qué misterio es signo el rostro del
hombre? ¿Y el rostro de jesus?
·
¿Por qué el Evangelio supone un
encuentro personal que compromete todo lo que somos?
·
¿En qué sentido ser cristiano no es una
“ideología”?
·
¿Qué actitudes supone “contemplar el
rostro sufriente de jesus”, hoy, en nuestros hermanos?
·
¿Qué consecuencias tiene para nuestra
vida el descubrir el rostro de jesus resucitado?
Apuntamos la proa a: compartir
nuestra imagen de jesus para enriquecer y enriquecernos con los otros.
Reconocer que el rostro de jesus se hace presente en el rostro de los otros.
Ambientación y Recursos: Afiche grande
con el rostro de jesus "vacío" (Baúl N°3. ), cola de pegar, algún marcador.
Ambientar el lugar para ayudar al clima de oración (vela,
Palabra de Dios, ...). Sobre algún mantel o tejido
depositar las fotos que se habían utilizado al comienzo, podría ser rodeando la
vela. El afiche debe estar pegado sobre alguna pared, frente a la cual en
semicírculo se sienta el grupo.
Desarrollo:
1. El
animador lee Mt 16,13-20
2. Luego
se invita a cada uno a compartir lo trabajado en las etapas anteriores,
respondiendo a la pregunta de jesus “¿Quién dicen ustedes que soy?”
3. Una
vez que cada uno termina de leer, pega su hoja en el borde del afiche.
2. Una
vez que todos terminaron de leer sus descripciones se invita a los
participantes a que tomen los marcadores y dentro del rostro de jesus vacío
escriban los nombres de aquellas personas que con sus rostros les muestran en
su vida el rostro de jesus vivo y de aquellos en los que nos cuesta
reconocerlo.
3. Se
invita libremente a quienes quieran a contar a quienes pertenecen esos nombres.
4. Para
finalizar el animador lee el final del pasaje del evangelio: "Pedro
respondió: Tu eres el mesías", y concluye con una pequeña oración de acción
de gracias por las personas, y por esa
comunidad, que son rostro de jesus vivo.
BAÚL DE
MATERIALES / Etapa 2 / Encuentro 4





Texto
elaborado a partir de la Reflexión de Monseñor Juan Carlos Maccarone, Obispo de Santiago del Estero “UN EVANGELIO
DEL ROSTRO” Reflexión acerca del Documento “Novo Millenio
Ineunte” de S.S. Juan Pablo II
Con el rostro nos mostramos,
por él hacemos aparición ante los demás. Es un acto libre, es un acto
de donación, es hacerse presente (prae-sunt, o sea, ponerse por delante). Es una forma de
involucrarme con los demás, me entrego y, de alguna manera, renuncio a mi mismo
para ser para los demás (uno generalmente no ve su propio rostro, salvo en un
espejo). Por el rostro nos hacemos don para los demás, nos hacemos
disponibles. El rostro, testimonia, atestigua a sí mismo, lo que es
propio de cada hombre. El es la propia garantía. O sea, que la persona “dueña”
de aquel rostro es la fuente o la garantía de su veracidad y de su
manifestación. De allí la perversidad de la máscara, ya que no permite
la confianza en el que se cubre. O la mezquindad en no “dar el rostro” o no
“poner la cara”, que está revelando la falsedad de una presencia, que a la vez
se está negando. “El cubrir el rostro” es signo de engaño y de desencuentro con
los otros. A pesar de esto, a la vez que el rostro es demostración y presencia,
también es testimonio de hasta dónde el otro es un misterio. Con contemplarlo,
no termino de conocerlo... Si al encontrarme con el rostro del otro, descubro
simpatía, goce, desearé luego conocerlo más, escucharlo hablar, verlo actuar.
Como ocurre con los enamorados, siempre se seguirá descubriendo detalles nuevos
del rostro y de la vida del otro, que es un misterio, y no nos cansaremos de
contemplarlo. Sin duda que estas características
del rostro, también las tuvo un rostro especial, el de jesus de Nazareth. Dios elige revelarse a sí mismo, se manifiesta en
la plenitud de los tiempos, a través de un acontecimiento histórico: la
encarnación, la vida pasión, muerte y Resurrección de Cristo. Una persona
humana, cuya identidad (cuyo rostro) suscitó preguntas, seducción, seguimiento,
conversión. No debemos olvidar que el “Evangelio” fue encuentro
personal: con la mujer adúltera, con Zaqueo, con
María Magdalena, con los discípulos de Emaús, con Pablo, con los llamados
vocacionales en el encuentro con los Apóstoles, la Iglesia se define como
“lugar donde los hombres, encontrando a jesus, pueden descubrir el amor
del Padre”[3].
La Revelación plena, o el Evangelio, comienza con la experiencia de haber
encontrado al Mesías[4].
La fuerza transformadora que tiene abre a un auténtico proceso de conversión,
comunión y solidaridad[5].
Justamente la característica del encuentro auténtico es exigencia de respectividad[6]
y reciprocidad.
Estos testimonios, estas
experiencias de las personas que rodearon a jesus en su vida cotidiana, y
tantas otras experiencias de quienes lo descubrieron “sin haberlo visto”, nos
demuestran que el cristianismo no es una “ideología”: no es “philosophicum inventum”. Es
Cristo mismo y la relación personal que él establece entre nosotros, quien
compromete a todo nuestro ser, aún la corporeidad.
Por ello se comprometen los
sentidos en la plenitud de la fe apostólica testificada en San Juan: “lo que
hemos oído, lo que vimos con nuestros ojos.... lo que nuestras
manos palparon del Verbo de vida... se lo damos a conocer”[7].
Fe que no se conforma ni se configura ni nace o crece solo por la “acústica”
(oído-palabra), sino en la cercanía del ver y el palpar por la verdad de
Cristo, que es “Dios con nosotros” en la
carne de María Virgen. Y esta decisión de Dios, de darse a conocer por medio
del rostro de su Hijo, nos revela hasta donde nuestro rostro, nuestro cuerpo,
nuestra vida se hace sagrada.
De allí que la evangelización
requiere siempre un contacto personal indispensable: “En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la
de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la
Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de
anuncio mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja
en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de
otro hombre.”[8].
La experiencia de Cristo con esta
modalidad de encuentro mediante su rostro, no es totalmente privativa de
aquellos que fueron sus contemporáneos. La llamativa referencia del Papa sobre
el testimonio de los Evangelios y su historicidad fundamental, creo que
muestran esta posibilidad. De los Evangelios emerge, dice el Papa, “el rostro
del Nazareno con un fundamento histórico seguro”[9],
que a nosotros nos es permitido contemplar por el texto testimonial de
aquellos. Es verdad y lo afirma el Papa: “a jesus no se llega verdaderamente
más que a través de la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el
Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt
16,13-20)”[10].
Como a Pedro, “es necesaria la gracia de la revelación”[11].
Creer en la Palabra de Dios es encuentro con el que habla, por lo cual
el cristianismo es más que oír, no es solo doctrina, no es solo confesión; es
más y exige más ya que es Cristo mismo. La Iglesia, como Tomás, está siempre
invitada a tocar sus llagas al ver su rostro; “nuestro testimonio sería
deficiente si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro (de
Cristo)[12].
Pero además, dice el Papa, los hombres “piden a los creyentes de hoy no sólo
‘hablar’ de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ‘ver’”. (Ibidem). Según lo anterior y para que la analogía no sea
metáfora de ver el rostro de Cristo, de tocar sus llagas, dice el Papa: “El
siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo
vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia
los pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo,
tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con
los que él mismo se ha querido identificar”[13].
Son los rostros a mirar, los rostros de los pobres; las llagas que tenemos que
tocar, son las llagas de los pobres para que nuestra fe sea vida. Puebla se
anticipó a esta “cristología de la pobreza”, refiriéndose al rostro sufriente
de Cristo: “La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida
real rostros muy concretos en los que debiéramos reconocer los rasgos sufrientes
de Cristo, el Señor que nos cuestiona e interpela”[14].
Nos dice el Santo Padre: La contemplación
del rostro de Cristo nos lleva así a
acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora
extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser
humano ha de postrarse en adoración.
Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de
este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la
salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede
reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese
así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf.
1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del
Padre a la obediencia de Cristo.
De la misma
manera, al contemplar el rostro de los sufrientes, ante nuestro propio dolor y
desesperanza, la fuerza de la Resurrección debe impulsarnos a luchar por la
vida y la dignidad propia y de cada hermano.
Que jesus resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose
reconocer como a los discípulos de Emaús « al partir el pan » (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para
reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran
anuncio: «¡Hemos visto al Señor!» (Jn
20,25).
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[1] IMPORTANTE: Pedir con anticipación a
los jóvenes del grupo que traigan fotos de cuando eran chicos.
[2] Documento Nacional de Identidad
[3] E.A., 8-10, Cap. I
[4] Jn 1,41
[5] EA 8
[6] respectividad: a pesar del encuentro al otro se trasciende, de allí, indisponible. (Cf. ap. Revelación) y reciprocidad o compromiso ético con el que me sale al encuentro. (cf. Lanin Entralgo, Teoría y realidad del otro; cf. E. Levinás, op. cit. Ibidem.)
[7] 1Jn 1,1-3
[8] Evangelii Nuntiandi, 46
[9] NMI 18
[10] NMI 19
[11] Ibidem
[12] NMI, 16
[13] Mt. 25,35-36
[14] DP Nº 31